19 de Noviembre, 2017





Misión Gula de Miro Popic
Cuando el futuro no nos alcanza
17-03-17

“La comida es una de las peores cosas en Caracas. No hablaré de los festines en que se ostentan licores y manjares costosos traídos de Europa, de que hay mucho surtido en las bodegas y almacenes. Trataré sólo de los alimentos comunes, porque se entiende comida de un país no la que viene del extranjero, y por consiguiente se halla en todas partes, sino la que el mismo país produce y la consume el pobre y el de medianas facultades”.
El párrafo anterior no corresponde a lo que se come hoy ni es de mi autoría, sino que se remonta a los comienzos de nuestra vida republicana. Viene de un abogado y escritor dominicano que vivió algunos años en Venezuela, en Maracaibo y en Caracas, donde ejerció el oficio de impresor, llegando a ser secretario de José Antonio Páez, a quien apoyó en su desobediencia a las órdenes del gobierno de Bogotá, hasta que se marchó a México en 1827. Se llamaba José Núñez de Cáceres. Junto con él, en 1822, vino su hijo Pedro Núñez de Cáceres, también abogado y escritor, naturalizado venezolano en 1833, quien además ejerció la docencia en la Universidad Central de Venezuela, como profesor de prosodia y versión latina, y escribió una criticada interpretación sobre la vida caraqueña, Memorias sobre Venezuela y Caracas, muy dura y a veces ofensiva, donde, entre otras cosas, dice que aquí “... hay de todo menos lo que se necesita...”.
Para entender esto hay que ubicarse en una Caracas destruida por el terremoto de 1812 y un país en ruinas luego de la lucha independentista. Al finalizar la guerra Venezuela tenía 140.000 habitantes menos que los 800.000 que había en 1810. La mayoría de los desaparecidos eran jóvenes campesinos que abandonaron las actividades productivas quedando los campos solitarios, sin siquiera esclavos a quienes se les prometió libertad enrolándose con el Libertador. La economía quedó destruida, sin aparato productivo, sin agricultura, sin comercio, sin circulación monetaria, sin mano de obra, es decir, con hambre. En 1804, según el geógrafo y explorador italiano Agustín Codazzi, había 4.800.000 cabezas de ganado, cifra que llegó a 256.000 a poco de finalizar la guerra, una reducción del 95 % del rebaño. Fue satisfecha el hambre de libertad de los criollos que dieron el primer grito el 19 de abril de 1810, siendo reemplazada por una realidad más terrible, aunque no tanto como ahora. Bastaron unos pocos meses de guerra para que la sociedad venezolana se viese acosada no ya por la escasez sino por el hambre, pura y simple, como dice Germán Carrera Damas.
El deterioro venía de antes, desde 1790, cuando se produjo un vuelco en la estructura del comercio mundial que alteró el intercambio con España. El cacao como principal actividad económica comenzó a declinar. En 1797 se llegaron a enviar al exterior 11.769.230 libras, cifra que descendió a 4.611.090 en 1805 para llegar a 1.795.052,60 en 1828. Casi lo mismo que ocurre con el petróleo hoy.
Cualquier parecido actual con esta situación histórica no es casualidad. Es realidad bolivariana del siglo XXI.


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